La economía no es inmune a la transición electoral, pero hay margen de acción para las políticas públicas
El hecho de que un bono de deuda del Tesoro nacional (BONAR) que vence en 2028 ofrezca un rendimiento (7,74 % anual) de casi el doble del que se cancela en 2027 (4,4%) es un “dato que vale mil palabras” acerca de las dificultades que conlleva manejar la economía argentina cuando el horizonte político carece de la profundidad necesaria. Pero sería un grave error suponer que nada puede hacerse hasta que se resuelvan los interrogantes del “día después” de las presidenciales de 2027.
Por ejemplo, cuando se hace lugar común que el “crecimiento desbalanceado” que experimenta el país se debe a la existencia de “ganadores y perdedores” del modelo, se está asumiendo que el único factor explicativo para los sectores rezagados es el paso hacia una economía más integrada al mercado mundial y sin los recurrentes golpes inflacionarios del pasado reciente. Pero ese diagnóstico, en realidad, es incompleto. Es cierto que hay segmentos para los que la necesaria reconversión productiva es inalcanzable por cuestiones de escala y de actualización tecnológica, pero hay muchos otros casos donde los problemas tienen que ver con la falta de crédito en condiciones competitivas, la industria del juicio, los impuestos distorsivos, la competencia desleal de la informalidad, los cuellos de botella impuestos por la falta de infraestructura, la permanencia de “aduanas interiores”, las demoras en la implementación de la reforma laboral, los créditos fiscales que las empresas acumulan y no pueden descargar, lo que afecta su capital de trabajo, entre otros factores. Se necesita seguir desmalezando esos vectores del “costo argentino” y, en la mayoría de los casos, puede haber avances importantes sin esperar al “día después” de las presidenciales de 2027.
Se asume en este informe que no todos los indicadores que han entrado en “territorio serrucho” tienen que ver con la inevitable reconversión productiva. Esto lleva a poner foco en variables de corto plazo asociadas a la evolución de la demanda agregada (salarios, crédito, expectativas). Y, en este plano, la evolución reciente de los Indices de Confianza en el Gobierno y Confianza del Consumidor son un verdadero llamado de atención.
El Indice de Confianza del Consumidor medido por la Universidad Di Tella para el mes de julio mostró una caída de 4,8 puntos respecto de junio, siendo intenso el deterioro en el Gran Buenos Aires (- 6,3%), pero sin que el interior del país haya escapado al fenómeno ( -1,7 %). Y esto ha ocurrido en el contexto de la desaceleración de la tasa mensual de inflación verificada desde el pico de marzo. Aunque esta tendencia se mantenga en meses subsiguientes, es difícil que tenga la potencia suficiente para revertir en forma sólida el deterioro de las expectativas, lo que obliga a repensar la dinámica del crédito, que a su vez está asociada a variables vinculadas con la prima de riesgo país, pero también a cómo se encara el mix de tasas de interés y tipo de cambio. En ese sentido, aparecen inconsistencias entre la política aplicada desde abril del año pasado y el objetivo de expansión del volumen de préstamos al sector privado.
¿Qué ocurrió desde abril 2025? Se introdujo el esquema de bandas cambiarias (a partir de diciembre éstas pasaron a ser indexadas), se levantó el cepo para acceder a dólares al tipo de cambio oficial, pero sólo para personas físicas (empresas siguen con restricciones), y se apostó por una política monetaria basada en el control de la cantidad de dinero, siendo las tasas de interés y el tipo de cambio variables que en teoría se equilibrarían en el mercado. Como se observa en el gráfico adjunto, a partir de esos cambios el crédito en pesos al sector privado se estancó en torno a los 9,0 puntos del PIB, y esto no ha sido “casualidad”.
Al elegirse el mecanismo de control de agregados monetarios para operar sobre las expectativas de inflación, se sacrificó la posibilidad de bajar los encajes bancarios y se introdujo marcada volatilidad en las tasas de interés de corto plazo.
El problema estaba en que, en el punto de partida, los encajes bancarios eran muy elevados (efectivo inmovilizado a tasa cero en el orden del 28 %) y esa morfología es un freno a la monetización de la economía por lo acotado del multiplicador bancario. En la misma dirección operó la marcada volatilidad de tasas de corto plazo (propia del control de agregados) experimentada desde abril de 2025 hasta febrero de 2026. Desde ese momento se aplicó una especie de “corredor de tasas”, entre el 20 % y el 25 % nominal anual, pero de carácter informal (en teoría, la tasa de interés no es el instrumento de política) y sin que esta modificación se haya transmitido a las tasas de interés por créditos. En parte, esto se debe al hecho que lo ocurrido desde abril de 2025 no ha sido gratuito, con tasas de morosidad que en los últimos registros se ubican en torno al 7,6 % del total de la cartera de préstamos bancarios, fenómeno que incide sobre la fijación de las tasas activas en el mercado.
El enfoque de control de agregados monetarios fue también la justificación para que el Banco Central se abstuviera de comprar dólares en el mercado oficial por largos meses después del lanzamiento del esquema de bandas cambiarias, el 11 de abril de 2025. Y esa decisión hizo que el necesario descenso de la tasa de riesgo país ocurriera a un ritmo más lento que el recomendable siendo que, al mismo tiempo, tampoco se logró el objetivo de profundizar la desinflación: desde un piso de 1,5 % mensual en mayo 2025 se llegó hasta un pico de 3,4 %, registrado en marzo pasado.
Desde abril 2025, el crecimiento de la economía fue lánguido: hasta mayo 2026, la variación desestacionalizada del PIB fue de 0,8 % en trece meses. En teoría, la resistencia inicial a emitir pesos comprando dólares en el mercado oficial, que limitó la trayectoria de monetización de la economía, no debería haber afectado el nivel de actividad (según la óptica oficial), porque se produciría la “dolarización endógena”.
Según la idea de la “dolarización endógena”, la economía podría evitar cualquier tipo de restricciones de liquidez aun escaseando los pesos, porque los dólares pasarían a usarse en denominaciones menores para operaciones cotidianas. Pero lo que faltaba contemplar eran los incentivos de los agentes económicos a “gastar” los dólares ahorrados. Obviamente, en esta ecuación, aparte de las cuestiones legales, entra a jugar también el nivel del tipo de cambio y las expectativas acerca de su cotización futura. Y, a juzgar por la magnitud de las compras mensuales por parte de las personas físicas, parece haber un recurrente predominio de los incentivos a “ahorrar” los dólares, en lugar de gastarlos. Esta dinámica opera como una especie de “freno de mano” sobre la trayectoria del nivel de actividad. Aun en una economía bimonetaria, la clave para que la política monetaria sea expansiva sin ser inflacionaria es el aumento sostenido de la demanda de pesos. Sin cumplirse ese requisito, habrá de faltar la “materia prima” (pesos) para la expansión del crédito.
En la época de la convertibilidad, con un tipo de cambio en términos reales incluso inferior al actual, hubo monetización a muy buen ritmo tanto en pesos como en dólares, pero esto se puede explicar por el afianzamiento de las expectativas vinculadas con la permanencia del régimen del “1 a 1”, un fenómeno que acompañó a la política económica hasta 1998. De 1999 en adelante, el fenómeno fue el inverso.
En abril de 2025, tras los anuncios vinculados con las bandas cambiarias, la política monetaria basada en el control de agregados, y la liberación parcial del cepo (sólo a personas físicas), se planteó un debate muy interesante acerca de la consistencia del programa, más cuando se confirmó la reticencia a comprar dólares por parte del Banco Central (“esperando” a que el tipo de cambio llegue al piso de la banda). Esquematizando, se plantearon dos esquemas alternativos a la vía adoptada por el gobierno:
- a) Por un lado, se argumentó que no existían condiciones para salir del cepo, y que convenía mantener la restricción para personas físicas, lo cual hubiera implicado la permanencia de cierta brecha cambiaria entre el tipo de cambio oficial y el libre, pero mayores grados de libertad para el manejo del tipo de cambio y de las tasas de interés por parte del Banco Central;
- b) Por el otro, que convenía salir por completo del cepo, para asegurarse de llegar a un “buen equilibrio macro”, reconociendo la importancia que tiene un verdadero mercado único de cambios con libre movimiento de capitales (aun cuando subsista algún grado de “administración”). Esto implicaba permitir que empresas e importadores compren dólares libremente y exportadores dejen de estar obligados a liquidarlos automáticamente. Esta movida debía ser acompañada por intervenciones del Banco Central destinadas a evitar excesiva volatilidad de tipo de cambio y de tasas de interés, pero respetando el objetivo de incrementar las reservas de modo sostenido, clave para la reducción del riesgo país y para contener expectativas de devaluación, una vez alcanzado el nuevo equilibrio dólar/tasas, apostando a un modesto traspaso a precios de la corrección inicial del tipo de cambio.
No es sencillo construir escenarios “contrafácticos” sobre lo que habría ocurrido si el gobierno hubiera optado por alguna de esas dos alternativas, pero lo cierto es que a diciembre de 2025 el Ejecutivo se vio obligado a replantar el esquema lanzado en abril, aceptando que no podría prescindirse de las compras de dólares para acumular reservas, y reconociendo el efecto nocivo de la gran volatilidad de las tasas de interés (pasando desde fin de febrero al “corredor de tasas” no formalizado).
La menor distancia hasta las presidenciales de 2027 hace que ahora pueda ser inoportuno revivir los debates de abril 2025. De todos modos, un indicador clave ilustra sobre la procedencia de aquellas discusiones: las compras de dólares por parte de personas físicas ocurren a un ritmo tal, que afecta tanto el nivel de actividad como la acumulación de reservas. No es que “tengan razón” quienes proponían seguir con los cepos, esas compras podrían ser significativamente inferiores de haberse avanzado hacia el levantamiento de las restricciones, pero permitiendo que sean los precios (la relación dólar/tasas) los que equilibren el mercado.
Lo cierto es que la cuestión de los “dólares que se refugian en el colchón” sigue abierta, y es uno de los factores que complican las proyecciones de la macro de cara a 2027.
De una forma u otra, el panorama en el frente externo ha mejorado en forma significativa respecto del cuadro de situación observado a fin de 2025. Desde ese momento, las reservas netas se han incrementado en 6,8 mil millones de dólares y las brutas en 5,7 mil millones, pero partiendo de niveles poco confortables.
Programa financiero para 2027, mejor prevenir que curar
La ampliación del horizonte para la toma de decisiones es clave. De allí también la importancia de completar el cierre del programa financiero para 2026/27. Los anuncios efectuados a principios de julio incluyeron una serie de supuestos que sólo podrían cumplirse en un escenario de sesgo optimista.
Los vencimientos de deuda pública en el exterior suman 24,9 mil millones de dólares en 2027, de los cuales 7,7 mil millones tienen roll-over asegurado (intra sector público, organismos, FMI). A su vez, de los 17,2 mil millones restantes quedaría un neto a refinanciar de 13,5 mil millones (se podrán utilizar 3,7 mil millones que quedarían como excedente de 2026). Es para cubrir los 13,5 mil millones restantes cuando se entra en terreno más hipotético.
Están previstas para 2027 compras del Tesoro al Central por 4,9 mil millones de dólares, lo que supone que el primero tendrá los pesos (eso demanda refinanciaciones exitosas de deuda doméstica) y el segundo divisas, lo que requiere continuidad a buen ritmo de las compras en el mercado cambiario, ya que el BCRA tiene vencimientos de BOPREAL por 5,3 mil millones. Con supuestos optimistas podrían agregarse 8.6 mil millones, que incluyen 5,0 mil millones por emisiones locales.
En nuestra opinión, en lo que resta de 2026 el gobierno debería asegurar una magnitud mayor de fuentes de financiamiento de cara a los vencimientos de 2027 con colocaciones en el mercado internacional. Ya se ha detallado en anteriores informes que se considera muy positiva la relación “costo-beneficio” de una operatoria de esta característica, por la limitada incidencia que tendría el rescate de bonos con cupones de interés más bajos sobre el costo financiero total de la deuda pública.

Jorge Vasconcelos
Coordinador General de Revista Novedades.


