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Balance de entretiempo

El 2025 pasará a la historia como un año de sorprendentes cambios. No sólo por lo que ocurrió en la Argentina. Esta vez también tienen una alta incidencia las transformaciones que se están dando en el mundo como consecuencia de los abruptos cambios de estrategia que viene impulsando Trump. Ante semejante torbellino de novedades son muchas las dificultades para trazar un balance sintético, completo y equilibrado de todo lo que pasó durante el año.

Lo positivo

El hecho más trascendental es el aval explícito de la gente, a través de su voto, al equilibrio fiscal y las reformas estructurales. Mientras que hasta no hace mucho, el ajuste fiscal era un planteo considerado “políticamente incorrecto”, las transformaciones en la sociedad argentina llegan a tal nivel que los votos fueron en apoyo de la austeridad en el manejo del Estado. Que la “motosierra” le haya ganado al “Estado presente” es un hecho de enormes impactos.

Apoyado por este cambio de visión en la sociedad, durante el 2025 se mantuvo el quiebre respecto a un pasado caracterizado por los crónicos déficits fiscales. Esta es una plataforma imprescindible para avanzar hacia la estabilidad de precios y el orden macroeconómico, pilares básicos para el desarrollo. Falta mucho, pero ya se perciben logros concretos con alto impacto positivo sobre la calidad de vida de la gente, cómo es la baja en la inflación y, asociado a ello, la reducción en la intensidad de la pobreza.  

Por supuesto que a lo largo del año sucedieron muchas otras cosas positivas. Por lo inédito del hecho y el momento en que se dio, se destacan los acuerdos con los EEUU. Lo más relevante en lo inmediato es el alivio para las tensiones cambiarias y el apoyo para enfrentar los vencimientos de la deuda externa. Pero por las oportunidades y desafíos que generan, también cuentan como tema muy relevante los acuerdos comerciales y, derivado de ello, las posibilidades de atraer inversiones.

Lo negativo

Probablemente el indicador que mejor sintetiza y refleja los aspectos negativos que se dieron durante el 2025 sea la resistencia a la baja del riesgo país. Es cierto que en su explicación interactúan una multiplicidad de factores y muchos de ellos trascienden el 2025. Pero resulta muy paradójico que Argentina tenga un riesgo país muy superior al de países con situación fiscal y de deuda mucho más vulnerable. El tema tiene alta trascendencia porque hasta que la Argentina no recupere el acceso al crédito voluntario se mantendrá la incertidumbre sobre las posibilidades de cumplir regularmente con los pagos de la deuda. 

La exagerada subordinación de la política cambiaria al objetivo de bajar la inflación rápidamente es un factor que contribuyó a la resistencia a la baja del riesgo país. Pero también inciden cuestiones políticas. La combinación de una gran debilidad en el Congreso con déficits de gestión política llevó a una sucesión de derrotas que permitieron el avance de iniciativas de la oposición que son percibidas como indicios de que, más allá de la voluntad del gobierno, el equilibrio fiscal no está garantizado.

Entre los aspectos negativos también aparece el modo en que se está encarando la apertura comercial. El problema no es la apertura en sí misma, sino su timing. Avanzar en una mayor exposición a la competencia externa cuando la economía arrastra serios déficits de competitividad —costos laborales no salariales elevados, baja productividad, infraestructura insuficiente y un Estado que sigue operando con ineficiencias estructurales— implica asumir riesgos innecesarios. En estas condiciones, la apertura tiende a impactar primero sobre la producción local y el empleo formal, alimentando cierres de empresas e informalidad. El riesgo es que los costos sociales de esta secuencia mal calibrada terminen erosionando el respaldo político a las reformas, cuando lo que se necesita es exactamente lo contrario: consolidar apoyos para un proceso de transformación más profundo y sostenible.

Menos mencionado pero no menos relevante en el inventario de los aspectos negativos aparecen los déficits en la gestión pública. Luego de muchos años de desidia, la degradación en el sector público es generalizada y la falta de una estrategia consistente para revertirla, en particular tener equipos con capacidad para manejar y transformar los diferentes organismos públicos, genera dudas sobre la sostenibilidad del equilibrio fiscal. Si bien hubo mejoras puntuales de alto impacto (por ejemplo, la eliminación de la intermediación en los programas asistenciales) en general prevaleció la desatención. Esto se paga con más gasto público y riesgos de situaciones conflictivas.

El caso de la discapacidad es muy ilustrativo. De manera arbitraria se congela el nomenclador de honorarios de los prestadores y se instrumenta un plan de auditorías consistente en enviar citaciones bajo la amenaza de suspender el beneficio. Acciones tan rudimentarias y carentes de empatía generaron enérgicos rechazos, incluyendo planteos judiciales, y el avance en el Congreso de una ley con un diseño muy deficiente. La reacción del gobierno fue intentar derogar la ley, llegando al extremo de poner en riesgo la aprobación del presupuesto 2026. Mientras la historia sigue abierta, terminando el año se dispuso disolver la ANDIS, una acción que refleja más la impotencia ante la sucesión de errores de gestión que un avance en la resolución del tema. 

La calidad de la gestión pública también es muy importante para los ingresos públicos. La principal innovación que introduce la ley de inocencia fiscal es la declaración simplificada de ganancias. El contribuyente deja de estar obligado a determinar el impuesto que tiene que pagar y demostrar que la evolución de su patrimonio es consistente con la ganancia que declara. Con el nuevo régimen simplemente tendrá que validar el cálculo que hará ARCA y pagar el impuesto. ¿Está preparada ARCA para hacer bien esta tarea? Si la respuesta es negativa corresponde alertar que la ley generará nuevas fuentes de evasión.

Lo pendiente

El equilibrio fiscal, no solo defendido por el gobierno sino avalado por gran parte de la población, es el factor que más incidencia tiene sobre el 2026. Bajo este entorno son muy bajas las probabilidades de escenarios de crisis. Pero no es suficiente para justificar la euforia. Son muchas las barreras que hay que superar para que esta vez el desenlace sea un proceso de crecimiento vigoroso y sostenido.  

El nivel de desafío que involucra el correcto abordaje de las reformas estructurales que se necesitan concretar para dar sostenibilidad fiscal y competitiva a la producción nacional es enorme. El costo de que este proceso se trabe o demore es que se prolongue el estancamiento en la producción que se viene registrando desde los primeros meses del 2025.  

Terminar de configurar el régimen monetario y cambiario es un paso clave que, a diferencia de otras reformas, no depende del aval de las provincias. Pero es imprescindible a los fines dar previsibilidad y expandir el crédito, dos condimentos esenciales para impulsar la inversión. Para el resto de las reformas, los desafíos son aún mayores porque incluyen contar con algún tipo de aval e involucramiento de las provincias. Los primeros pasos con la reforma laboral alertan sobre el nivel de dificultades. No solo por lo difícil que es llegar a sancionar una buena ley laboral sino por la complicación adicional que implica lograr que las justicias provinciales no desvirtúen sus disposiciones.

La otra barrera que hay que superar es la de la gestión pública. ¿Seguirá la improvisación como prevaleció en los dos primeros años de gobierno o se tomará la decisión de consolidar equipos con niveles de calificación acorde al desafío que implica administrar el sector público? La respuesta a este interrogante también tiene incidencia relevante como factor determinante de lo que puede pasar en el 2026.  

Se disiparon los riesgos de una nueva crisis, hay fundamentos para la esperanza, pero esto no alcanza para dar certezas en el 2026. A medida que se recorra el largo y sinuoso camino de las reformas estructurales y se den señales de que se aprendió la lección de que la gestión pública merece mucha más atención, se irán disipando las dudas. 

Osvaldo Giordano

Osvaldo Giordano

Presidente del IERAL