La otra cara de PISA: a los 15 años, el 28% falta a clases y el 28% trabaja
Los resultados de PISA 2025 volvieron a encender las alarmas sobre la educación argentina. El país obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, 11, 12 y 13 puntos menos que en 2022, respectivamente. Es la primera vez que Argentina retrocede simultáneamente en las tres áreas evaluadas y, en Matemática, el resultado es el más bajo de los últimos 20 años.
El deterioro no es exclusivamente argentino. Los resultados internacionales también vienen mostrando dificultades y, después de las mejoras observadas hasta 2012, PISA registra retrocesos en numerosos países. Para Argentina, sin embargo, la caída se produce sobre niveles de desempeño que ya eran bajos.
PISA es la evaluación que realiza la OCDE a estudiantes de 15 años. A diferencia de una prueba escolar tradicional, no busca simplemente saber cuánto recuerdan de los contenidos enseñados, si no que intenta medir hasta qué punto pueden utilizar lo aprendido para comprender un texto, razonar matemáticamente o interpretar fenómenos científicos. En este sentido ofrece una fotografía de las capacidades con las que los adolescentes se acercan al tramo final de la educación obligatoria.
Los puntajes promedio en cada área son la primera referencia, pero no alcanzan a mostrar la magnitud del problema. La evaluación clasifica a los estudiantes según lo que efectivamente pueden hacer. El Nivel 2 funciona como referencia de competencias básicas y, por debajo de ese umbral, los estudiantes muestran dificultades para aplicar conocimientos y habilidades fundamentales en situaciones que requieren cierto nivel de razonamiento.
En Argentina, el 75,8% de los estudiantes quedó por debajo de ese nivel en Matemática. En Lectura fue el 59,6% y en Ciencias, el 59,3%. En otros términos, tres de cada cuatro adolescentes de 15 años no alcanzan las competencias básicas en Matemática y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hacen en Lectura y Ciencias.
La perspectiva histórica es todavía más preocupante. En Matemática, la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico era del 64,1% en 2006 y del 63,6% en 2009. Desde entonces aumentó al 66,5% en 2012, 69,1% en 2018, 72,9% en 2022 y 75,8% en 2025. En poco más de quince años, Argentina pasó de tener algo menos de dos tercios de sus adolescentes en los niveles más bajos a tener tres de cada cuatro.
En Matemática, el porcentaje de estudiantes por debajo del nivel básico aumentó más de 12 puntos porcentuales desde 2009 y alcanzó en 2025 el máximo de la serie comparable. Más que una variación puntual, la serie muestra un deterioro persistente durante más de una década.
La comparación regional permite poner los resultados en perspectiva. Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática frente a un promedio latinoamericano de 370 y coincide exactamente con la región en la proporción de estudiantes en los niveles más bajos, 75,8%. El contraste aparece con los países latinoamericanos que logran mejores resultados. En Uruguay, el 57,9% queda en el Nivel 1 o inferior y en Chile, el 59,2%. La distancia respecto de Argentina ronda así entre 16 y 18 puntos porcentuales.
También hay una diferencia importante cuando se mira la parte alta de la distribución. Apenas el 8,4% de los estudiantes argentinos alcanza el Nivel 3 o superior en Matemática, frente al 15,2% de Chile y el 18,8% de Uruguay. El problema, entonces, no está solamente en la cantidad de estudiantes que quedan rezagados. Argentina combina una elevada concentración en los desempeños más bajos con una proporción muy reducida que logra alcanzar los niveles superiores.
La distribución de los resultados aporta otra señal. Hasta 2012, la distancia entre el 10% de los estudiantes con mejores resultados y el 10% con los peores se había reducido. Parte de esa reducción se explicó porque mejoraban quienes estaban abajo mientras perdían puntaje quienes estaban arriba. Después de 2012, los resultados cayeron en ambos extremos, pero con mayor intensidad entre los estudiantes de peor desempeño. La brecha volvió así a ampliarse en un contexto de deterioro general.
Pero la información que acompaña la evaluación permite mirar también algunas de las condiciones y trayectorias con las que los estudiantes llegan a los 15 años. No permite establecer una causa única detrás de los puntajes, pero sí identificar asociaciones relevantes.
Una de ellas es la repitencia. A los 15 años, el 17,7% de los estudiantes había repetido al menos una vez durante la primaria o la secundaria. Detrás del promedio hay una brecha socioeconómica considerable. La proporción llega al 28,7% entre los estudiantes del cuartil de menores recursos y baja al 6% entre los del cuartil superior.
Otra dimensión es la asistencia. El 27,8% de los adolescentes argentinos declaró haber faltado a clases al menos una vez durante las dos semanas anteriores a la evaluación. Más de uno de cada cuatro. El ausentismo tiene un claro componente socioeconómico. Entre los estudiantes del cuartil de menores recursos alcanza el 33,8%. Sin embargo, no se limita a los sectores vulnerables. En el cuartil de mayores recursos también había faltado el 19,2% de los estudiantes. Es decir, casi uno de cada cinco.
Lo más interesante aparece cuando se relaciona la asistencia con los resultados. Los estudiantes que habían faltado obtuvieron puntajes inferiores a los de quienes no lo habían hecho. La diferencia promedio fue de 31 puntos en Matemática, 36 en Lectura y 39 en Ciencias. La asociación, además, permanece cuando se comparan estudiantes dentro de cada nivel socioeconómico.
De hecho, los gráficos muestran algo menos intuitivo. En las tres áreas, la brecha entre quienes faltaron y quienes no lo hicieron es mayor en el cuartil socioeconómico más alto. En Matemática llega a 37 puntos, frente a diferencias de entre 18 y 20 puntos en los tres cuartiles inferiores. En Lectura alcanza 43 puntos y en Ciencias, 45.
Hay que interpretar estos números con cautela. PISA permite identificar asociaciones, pero no aislar el efecto causal de faltar a clases. Una ausencia puede estar vinculada con problemas familiares, enfermedad, dificultades escolares, trabajo u otras circunstancias que también inciden sobre el desempeño. Por lo tanto, no corresponde afirmar que faltar a clases provoque por sí mismo una determinada pérdida de puntaje.
Lo que sí muestran los datos es que la asociación entre ausentismo y menores resultados no desaparece en los niveles socioeconómicos más altos. Estar formalmente dentro del sistema educativo es una condición necesaria, pero no dice todo sobre la forma en que se transita la escolaridad.
El nivel socioeconómico, de todos modos, sigue marcando diferencias muy grandes. En Matemática, los adolescentes del cuartil inferior obtuvieron 342 puntos, frente a 421 entre los del cuartil superior. Son 79 puntos de distancia. Las desigualdades de origen no sólo se reflejan en los puntajes, sino también en algunas características de las trayectorias escolares. Los estudiantes de menores recursos repiten y faltan con mayor frecuencia.
A esas diferencias se suma el trabajo. El 27,6% de los adolescentes declaró haber realizado algún trabajo por una remuneración durante las dos semanas anteriores a la evaluación. Entre los estudiantes del cuartil socioeconómico más bajo, la proporción alcanza el 33,9%.
Vistos en conjunto, estos datos permiten una lectura de PISA que va más allá del ranking. El nivel socioeconómico mantiene una fuerte asociación con el desempeño, pero también aparecen diferencias en las trayectorias escolares, la asistencia y la participación en actividades laborales. PISA no permite establecer cuánto explica cada uno de estos factores, pero sí muestra las distintas condiciones con las que los estudiantes llegan a los 15 años.
Para una economía, el problema excede la discusión educativa. Estos adolescentes formarán parte de la fuerza laboral de las próximas décadas y sus capacidades para razonar, resolver problemas, incorporar nuevas tecnologías y seguir aprendiendo serán parte del capital humano con el que contará el país. La estabilidad macroeconómica, la inversión y mejores reglas de juego son condiciones necesarias para crecer. Pero sostener ese crecimiento también requiere capital humano, y construirlo lleva mucho más tiempo.
El calendario electoral ya arrancó y buena parte de la discusión pública empezará a ordenarse alrededor de sus tiempos. La educación corre con otros plazos. Mejorar los aprendizajes lleva años, pero sus resultados también perduran durante décadas. Lo que hoy ocurre en las aulas será parte del capital humano con el que Argentina contará mucho después de la próxima elección.
Laura Caullo - Guadalupe Galindez
Responsables de la sección Social-Laboral.


