El “balancín” de las reformas, la nueva geografía económica
Los especialistas aseguran que, gracias al balancín, las canoas polinesias pudieron cruzar el océano Pacífico. Son flotadores que, de acuerdo con su peso, volumen y el largo de los brazos que los unen a las canoas, confieren gran estabilidad a la embarcación, sin quitarle velocidad de desplazamiento. En cierto modo, ese es el rol que pueden cumplir las provincias argentinas para la continuidad de (al menos) algunas de las reformas estructurales que están en marcha, con inversiones que comienzan a cambiar la geografía del país. En la medida en que estos emprendimientos empiezan a generar exportaciones y empleos, inducen mejoras de infraestructura y también pasan a jerarquizar el perfil de los funcionarios de las provincias respectivas, se estará consolidando un “poder de veto” inédito, orientado, por ejemplo, a hacer irreversibles programas como el Régimen de Incentivos a Grandes Inversiones (RIGI).
Hay un “núcleo duro” de provincias que están entrando en esa nueva constelación. Considerando el peso en el PBG de cada jurisdicción de los proyectos aprobados bajo el RIGI, de acuerdo con el gráfico elaborado por Marcelo Capello, hay seis que muy probablemente queden organizadas y dispuestas a ejercer ese “poder de veto”, si fuera necesario: se trata de Río Negro, San Juan, Catamarca, Salta, Neuquén y Jujuy. Suman 18 senadores, el 25 % de la Cámara respectiva.
Es posible que no toda la dirigencia política de esas provincias preste el apoyo suficiente para profundizar y generalizar las reformas estructurales que se necesitan para hacer más competitivo al conjunto de la economía. Hay que ver, por ejemplo, el uso que habrá de darse a la creciente masa de regalías, lo cual requiere (en función del conjunto) austeridad en el gasto corriente de esas provincias, reformas en sus sistemas previsionales, etc. Hay señales que no condicen con la vocación federal, como cuando, por ejemplo, se instalan “aduanas interiores” para la circulación de bienes y personas.
Más allá de estas cuestiones, hay dos certezas que deberían guiar la estrategia de crecimiento:
El efecto multiplicador de las explotaciones no convencionales de hidrocarburos es muy significativo, como ya lo mostró la experiencia de los Estados Unidos. Ver al respecto “La industria todavía no experimentó a pleno el efecto multiplicador de Vaca Muerta”.
A su vez, la Argentina está lejos de pasar a ser Australia en cuanto a la incidencia de los recursos naturales sobre el conjunto de la economía, como lo mostró el economista Andrés López en el reciente Seminario XXI del Boletín Techint: asumiendo como válidas las proyecciones para 2035, en ese momento las exportaciones originadas en recursos naturales llegarían en la Argentina a los 2.864 dólares por habitante, cuando, en el presente, ese guarismo es de 11.658 dólares en Australia.
En otro artículo de este informe (“Más que crecimiento desbalanceado, tendencias divergentes; ¿es hora de cambiar la política monetaria?”) se subraya la importancia de recuperar la palanca del crédito como forma de superar las tendencias divergentes que hoy se observan en la evolución del nivel de actividad según sectores.
Pero, aun cuando el programa económico entrara en esa nueva etapa, habría “crecimiento desbalanceado”, de un modo incluso más acentuado que el experimentado durante los años 90, particularmente entre 1991 y 1998.
Esta percepción se alimenta de dos factores que treinta años atrás no formaban parte de la agenda global:
Actualmente, la geopolítica y la transición energética han revalorizado el potencial de la minería, los hidrocarburos y el campo para países con la ubicación de la Argentina.
Mientras tanto, las amenazas para los sectores tradicionales de la industria y el comercio se han intensificado, tanto por la competencia “made in China” como por la evolución del comercio electrónico, en el marco de una economía más conectada al mundo.
De todos modos, hay que tener en cuenta que existen sectores “bisagra” que ocupan una posición transversal en el aparato productivo y que podrían traccionar a un ritmo mayor en un escenario de recuperación del crédito. Este subconjunto incluye construcciones, servicios profesionales y financieros, transportes y comunicaciones, que agrupan el 21,0 % del empleo total.
Tomando como base febrero de 2025 (por las razones explicadas en el artículo “Más que crecimiento desbalanceado…”), se observan tenues diferencias, pero diferencias al fin, entre los distintos sectores.
En el caso de la industria, el desestacionalizado del sector, calculado en base a los datos desagregados del EMAE (promedio móvil de tres meses), arroja una caída de 5,7 % entre febrero de 2025 y junio de 2026, sin poder salir de la meseta en la que entró a partir de abril del año pasado (lanzamiento del control de agregados monetarios). Dentro de ese promedio, la brecha es muy significativa entre los subsectores que están logrando defenderse e incluso progresar bajo las nuevas reglas de juego —caso de químicos, refinerías, alimentos y muebles— y los textiles, maquinarias e instrumentos, plásticos y cauchos.
Un recorrido no muy diferente al de la industria es el del comercio, con una caída de 3,3 % en relación con febrero de 2025. Focalizando en la actividad de supermercados y autoservicios, la meseta arranca también hacia el segundo trimestre de 2025, en la medición que publica la consultora Scentia. Cabe acotar que comercio e industria agrupan el 28,5 % del empleo total.
Al menos, los números no son negativos para el caso del subsector construcciones dentro del EMAE. Como se observa en el gráfico adjunto, desde febrero de 2025 se registra una modesta recuperación, del 2,3 %, hasta el último dato, en junio de 2026. La apertura de este indicador sugiere que algunas actividades vinculadas a la logística e infraestructura de Vaca Muerta han comenzado a “mover el amperímetro”, pero los rubros que conectan con obras residenciales siguen deprimidos. Para transportes y comunicaciones (otro rubro clave con la característica de “bisagra” y emplazamiento transversal), la curva es muy similar a la de construcciones, con una modesta mejora de 1,5 % entre febrero de 2025 y junio de 2026.
De los datos seleccionados surge que una combinación de continuidad en la trayectoria ascendente de las exportaciones, junto con una recuperación de la palanca del crédito, podría ponerle piso a la caída de comercio e industria (que deberían continuar con su reconversión productiva, pero bajo mejores condiciones de contexto), mientras que el segmento “bisagra” podría lograr dinamismo, tras haber superado el torniquete crediticio con modestos números positivos.
Una base sólida para apoyar estas conjeturas la brinda la dinámica exportadora del país, por la combinación de precios y cantidades.
Obsérvese que, además, se trata de un fenómeno que no depende exclusivamente de las exportaciones de petróleo. Para los primeros siete meses de 2026, se tiene un acumulado de 58,0 mil millones de dólares de ventas al exterior que, anualizado, confirma la posibilidad de alcanzar los 100 mil millones de dólares este año, con un incremento de 45 % interanual para las exportaciones de combustibles y energía; de 25,1 % para el caso de las manufacturas de origen industrial; de 13,3 % para las de origen agropecuario; y de 19,9 % para los productos primarios.
Importa también la aceleración, ya que en 2025 las exportaciones (primeros siete meses) se habían incrementado un 4,6 %, y este año lo hacen un 22,1 %.
Así, las exportaciones de bienes están creciendo un 28 % en 2026 respecto de 2024, e incluyen avances en rubros industriales como químicos, petroquímicos, del sector alimenticio e incluso cierto tipo de vehículos.
En servicios profesionales e informáticos, los ingresos de caja por exportaciones contabilizados por el Banco Central llegan a 5,2 mil millones de dólares entre enero y julio de 2026, cifra que compara con 2,8 mil millones exportados en 2024. El incremento es de 86,0 %, aunque puede haber influencia de la reducción de la brecha cambiaria en el período.
En lo que hace a las exportaciones de servicios turísticos, la variación estimada para 2026 en relación con 2024 es modesta, en torno al 6,0 %.
En el caso específico de combustibles y energía, y considerando en este caso la balanza comercial, tenemos una duplicación del superávit, de 6,0 a 12,0 mil millones de dólares entre 2024 y 2026, con un salto adicional a 17,0 mil millones esperado para 2027, por la puesta en marcha, a principios del próximo año, del proyecto VMOS, la plataforma para la exportación de petróleo instalada en Punta Colorada, Río Negro.
El ritmo de crecimiento del sector de hidrocarburos y la trayectoria ascendente de las exportaciones no se explicarían sin el aumento de las inversiones en exploración y producción, y este fenómeno se aprecia en el pico de 13,9 mil millones de dólares para las inversiones en 2026, de acuerdo con estimaciones del consultor Daniel Gerold.

Jorge Vasconcelos
Coordinador General de Revista Novedades.


