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La pobreza entró por otra puerta

Se corta una racha de tres bajas

La cantidad de pobres y de indigentes volvió a aumentar en el primer semestre de 2026, después de tres semestres consecutivos de caída. La incidencia de la pobreza venía bajando desde el pico de 52,9% registrado en el primer semestre de 2024. Pasó a 38,1% en el segundo semestre de ese año, a 31,6% en el primero de 2025 y cerró 2025 en 28,2%, el registro más bajo desde el primer semestre de 2018. Esa mejora se detuvo, tal como anticipamos en marzo en la columna. 

Según los datos difundidos hoy por el INDEC, la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas, equivalente a 15 millones, en el primer semestre de 2026, mientras que la indigencia llegó al 7,5%, unas 3,5 millones de personas. Frente al segundo semestre de 2025, esto implica que alrededor de 1,9 millones de personas cayeron bajo la línea de pobreza y cerca de 538 mil pasaron a no cubrir siquiera la canasta alimentaria básica. 

La pobreza volvió así a estar levemente por encima del nivel de un año atrás (31,6% en el primer semestre de 2025). Sin embargo, no se trata de un regreso a los niveles críticos de inicios de 2024, sino de un retroceso que borró la mejora conseguida durante el último año. La indigencia muestra una dinámica similar. El deterioro del último semestre revirtió parte de la mejora previa, aunque todavía permanece lejos del máximo de 18,1% registrado en el primer semestre de 2024. 

En el mapa de incidencia, el contraste es muy fuerte. Concordia registró la tasa más alta, con 56,2% de su población bajo la línea de pobreza, seguida por Gran Resistencia (48,6%), Posadas (42,2%) y Corrientes (41,0%). En el otro extremo, CABA presentó la menor incidencia (11,1%), seguida por Neuquén-Plottier (19,6%) y Mar del Plata (20,4%). Gran Córdoba se ubicó en 31,1%, ligeramente por debajo del promedio nacional de los aglomerados relevados. 

La comparación con un año atrás muestra una heterogeneidad todavía mayor. Mientras algunos aglomerados registraron aumentos importantes, como Comodoro Rivadavia – Rada Tilly (+10,3 puntos porcentuales), Concordia (+7,0 p.p.), Viedma – Carmen de Patagones (+6,5 p.p.), Santiago del Estero – La Banda y La Rioja (+6,0 p.p. en ambos casos), otros mostraron reducciones significativas. Entre estos últimos se destacan Mar del Plata (-7,1 p.p.), Río Gallegos (-6,7 p.p.), Neuquen – Plottier (-6,4 p.p.) y Gran Rosario (-5,0 p.p.). Gran Córdoba, por su parte, aumentó 1,6 puntos porcentuales respecto del primer semestre de 2025. 

El problema ya no son los precios, son los ingresos

Al inicio de la actual gestión, la inflación era señalada por la población como el principal problema de la economía, y en ese frente el avance fue significativo. Hoy, el principal límite aparece en el mercado laboral. El empleo asalariado privado formal pierde terreno frente al trabajo informal y por cuenta propia, una tendencia de larga data que se profundizó en los últimos años. Y esto importa especialmente para la pobreza, porque el trabajo explica, en promedio, 8 de cada 10 pesos que ingresan a los hogares. 

Pero el impacto no es igual para todos. En los hogares de menores ingresos, las transferencias tienen un peso mayor y pueden amortiguar el deterioro de los ingresos laborales. A medida que se avanza hacia los deciles de mayores ingresos, la dependencia del trabajo aumenta y ese margen de protección se reduce. Por eso, cuando el mercado laboral se debilita, el efecto alcanza también a hogares que tradicionalmente se ubicaban por encima de la línea de pobreza. 

Los datos de ingresos muestran esta tensión, sobre todo en el último semestre, que es el período en el que sube la pobreza. En el primer trimestre de 2026, mientras la canasta básica total (CBT) subió 10,9% y la canasta básica alimentaria (CBA) 13,3%, los ingresos nominales quedaron claramente por detrás: el de los asalariados registrados avanzó apenas 4,1%, el de los independientes 5,6% y la AUH 7,8%. Solo los asalariados no registrados (+12,2%) le ganaron a la CBT, aunque no a la CBA. 

A esta dinámica se suma el cambio en la composición del empleo. En el último semestre, la caída del empleo asalariado formal (-1,6%, -101 mil personas) fue más que compensada por el aumento del trabajo por cuenta propia (+3,4%, +177 mil) y del empleo asalariado informal (+3,1%, +168 mil). Es decir, se crearon puestos, pero de menor calidad: aunque los asalariados no registrados fueron los que más aumentaron sus ingresos en el período, en nivel tanto ellos como los cuentapropistas siguen ganando menos que un asalariado registrado (47% y 26% menos, respectivamente). Así, el deterioro no pasa solo por cuánto crecen las remuneraciones, sino también por el tipo de empleo que las genera. La combinación de ambos factores ayuda a explicar por qué, aun con una inflación más baja, la pobreza volvió a aumentar. 

La pobreza avanza entre quienes están en edad de trabajar

El aumento de la pobreza se concentró principalmente en edades con fuerte participación en el mercado de trabajo. Casi la mitad de las nuevas personas en situación de pobreza  (919 mil) tiene entre 30 y 64 años. Le siguen los jóvenes de 15 a 29 años, con 481 mil personas más. En conjunto, ambos grupos suman cerca de un 1,4 millón de personas, unas 7 de cada 10 del aumento del último semestre.  

En términos relativos, el mayor aumento se produjo entre los mayores de 65 años. La cantidad de personas pobres en este grupo creció 55% en un semestre y la de indigentes, 60%. Son variaciones elevadas sobre una base baja, ya que históricamente se trata del grupo con menor incidencia de pobreza dada la amplia cobertura previsional. Aun así, el deterioro constituye una señal de alerta sobre la evolución de los ingresos previsionales frente a las canastas. 

En el otro extremo, los niños de 0 a 14 años registraron el menor aumento relativo (+4% en pobreza), pero un aumento importante en indigencia (+21%), posiblemente por el fuerte aumento de la CBA. 

La clase media, la más castigada

El análisis por deciles completa el diagnóstico. En el último año, los ingresos per cápita de los tres deciles más bajos crecieron entre 36,5% y 43,5%, por encima tanto de la CBT (31,3%) como de la CBA (35,9%), apoyados en el mayor peso de las transferencias. En los sectores medios, en cambio, la situación fue distinta: entre los deciles 5 y 8, los ingresos aumentaron entre 27,4% y 30,5%, por debajo de ambas canastas. 

Es el retrato de una clase media que depende más del ingreso laboral y menos de las transferencias, y que por eso cuenta con menos herramientas para amortiguar el deterioro cuando esos ingresos pierden frente a las canastas. Aunque en su mayoría se ubican por encima de la línea de pobreza, esa pérdida de poder adquisitivo reduce su margen: para los hogares más próximos al umbral, un retroceso relativamente pequeño puede alcanzar para cruzarlo. 

El desafío que sigue

Más allá del aumento del último semestre, hay un problema de fondo. Argentina lleva casi una década sin lograr perforar de manera sostenida niveles de pobreza cercanos al 30%. Desde que el INDEC retomó la medición comparable en 2016, el registro más bajo fue 25,7% en el segundo semestre de 2017. Desde entonces, la pobreza nunca volvió a ubicarse por debajo del 25%. 

Eso obliga a mirar más allá de las oscilaciones de corto plazo. Las transferencias pueden amortiguar el deterioro y la estabilidad de precios es una condición necesaria para proteger los ingresos, pero ninguna de las dos alcanza por sí sola para quebrar ese piso. 

Los datos de este semestre vuelven a poner al mercado laboral en el centro de la discusión. Para que la pobreza no solo vuelva a bajar, sino que logre romper ese piso que Argentina arrastra desde hace años, será necesario recuperar la capacidad del trabajo de generar ingresos suficientes y sostenibles. 

Laura Caullo - Federico Belich