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El calendario empezó a presionar

La reducción de la inflación es un logro que se sigue consolidando. Despejar riesgos de una nueva crisis y recuperar previsibilidad es una fuente de alivio, pero también genera el contexto propicio para que ganen terreno otras aspiraciones. Dentro de ellas, mejorar el funcionamiento del mercado de trabajo se viene instalando como el objetivo más prioritario y urgente.

Las evidencias muestran que el deterioro del empleo y las remuneraciones es un fenómeno de muy larga data. El último ciclo negativo arranca asociado con la aceleración de la inflación en 2018. En lo que va del gobierno de Milei, el proceso no se detuvo. El deterioro se manifiesta, por un lado, a través de una caída en los empleos y las remuneraciones de los asalariados formales, parcialmente compensada por aumentos en el empleo por cuenta propia formal (monotributo). Por el otro, porque los componentes más dinámicos del mercado de trabajo son el empleo asalariado informal y, fundamentalmente, el empleo por cuenta propia informal. Es decir, el fenómeno no se exterioriza cuantitativamente en aumentos del desempleo, sino cualitativamente en una nueva caída en la calidad de los empleos.

La debilidad en materia laboral introduce un factor de incertidumbre en el plano político. Planteada de manera simplificada, la incógnita es dilucidar cómo la población pondera los contundentes logros en materia de estabilidad frente a la falta de resultados a la hora de revertir el deterioro del mercado de trabajo.

Es obvio que la inflación continúa ocupando un lugar importante entre las preocupaciones de la población, pero también que ya no tiene el peso excluyente que tuvo durante los momentos más críticos. La incógnita es dimensionar la tolerancia frente a la degradación del mercado de trabajo. No tanto porque sea considerada un fenómeno nuevo, sino porque no se perciben síntomas de reversión.

Es imposible formular pronósticos sobre la lectura que hará la población de esta situación y cómo puede llegar a plasmarse en sus preferencias frente a las elecciones del año próximo. Pero la posibilidad de que se esté sobreestimando la valoración de la estabilidad y subestimando el malestar que genera la falta de resolución de los problemas laborales introduce un factor de incertidumbre y perturbación en la transición electoral.

Los riesgos de que esto pueda derivar en una derrota del oficialismo y, a partir de ella, en una reversión del rumbo económico tienen impactos crecientes sobre los mercados financieros. Un indicio de cómo las decisiones incorporan este riesgo es la sostenida y vigorosa demanda de dólares por parte de las personas humanas. Si, a medida que avance el cronograma electoral, las incertidumbres sobre el resultado se acentúan, sus impactos financieros, especialmente sobre el mercado cambiario, van a generar desafíos difíciles de administrar.

Se achica la caja de herramientas

Para revertir el largo y profundo deterioro del mercado de trabajo se necesita acelerar el proceso de reformas estructurales y disponer de tiempo para avanzar en su implementación y hacer visibles sus resultados. Además, la mayoría de las reformas pendientes son técnicamente complejas y políticamente sensibles. Esto colisiona con el hecho de que, cuanto más avance el calendario electoral, mayores serán los incentivos para postergar decisiones cuyos beneficios no son inmediatos.

Mucho de lo pendiente depende de procesos políticos complejos que atraviesan simultáneamente las finanzas nacionales y provinciales. Por eso, la relación con los gobernadores tiene una importancia especial. La eliminación de los impuestos más distorsivos, la corrección de ineficiencias derivadas de superposiciones de funciones entre niveles de gobierno y la resolución de la crisis del sistema previsional difícilmente puedan resolverse de manera consistente mediante decisiones unilaterales. Es imprescindible la construcción de complejos acuerdos entre niveles de gobierno.

El desafío es aprovechar el tiempo que queda antes de que la competencia electoral ocupe definitivamente el centro de la escena. Presentar agendas y construir acuerdos ahora puede permitir avanzar en algunas cuestiones y, sobre todo, dar una señal de que se está dejando mejor preparado el terreno para retomar con más vigor el proceso transformador una vez superadas las elecciones.

El crédito como puente

No haber terminado de configurar el régimen monetario, cambiario y financiero es también un factor muy limitante de los instrumentos disponibles. Si se hubiese institucionalizado el bimonetarismo con un esquema “a la peruana”, la expansión del crédito estaría jugando un rol crucial tanto como apoyo a las empresas en proceso de reconversión —que son la mayoría— como factor dinamizador de la inversión y el consumo.

En este tema, el calendario también introduce crecientes presiones. A medida que se avanza en el cronograma electoral aumentan las probabilidades de que se difieran para el próximo gobierno la completa y definitiva eliminación del cepo y de las restricciones a los movimientos de capitales, el otorgamiento de curso legal al dólar y el establecimiento de la plena convertibilidad del peso.

Aun con estas limitaciones, hay márgenes de acción y recientes decisiones van en el sentido de darle impulso a la recuperación del crédito. Flexibilizar prudencialmente las normas que restringen el uso de los depósitos en dólares para otorgar préstamos en la misma moneda es un paso importante en este sentido. Con la misma orientación opera la decisión de usar una pequeña fracción de los recursos administrados por el Fondo de Garantía de Sustentabilidad para fondear a los bancos que ofrezcan créditos hipotecarios. Esta es una vía efectiva para aprovechar la capacidad que tiene el sistema bancario para administrar este tipo de créditos, que permitirán dinamizar un sector con capacidad ociosa y que es intensivo en mano de obra.

Pero, para dar consistencia y potencia a esta estrategia, es imprescindible tomar acciones tendientes a que baje el nivel y la volatilidad de la tasa de interés, aun cuando esto impacte en el tipo de cambio y eventualmente en los índices de precios. En otras palabras, adoptar una política financiera que priorice la estabilidad y moderación de las tasas de interés por sobre el objetivo de mantener bajo control el tipo de cambio.

El calendario electoral comenzó a presionar. Dado lo mucho que se juega en las elecciones del año próximo, es previsible que lo siga haciendo con creciente intensidad. La mejor estrategia para abordar el desafío combina pragmatismo para lograr una ajustada ponderación entre los objetivos de estabilización y de recuperación del empleo y las remuneraciones, y habilidad política para formar alianzas que permitan sostener el proceso de reformas.

Osvaldo Giordano

Osvaldo Giordano

Presidente del IERAL