Del círculo vicioso al círculo virtuoso
El temprano inicio de la carrera electoral aumentó la relevancia del factor político como condicionante del programa económico. Para el funcionamiento de la economía resulta particularmente perturbador que las decisiones se tomen bajo la posibilidad de que, como resultado de las elecciones, pueda emerger un gobierno que implique un retorno a los desórdenes macroeconómicos prevalecientes hasta 2023.
Mientras ese escenario conserve probabilidades de ocurrencia, es natural que predominen conductas extremadamente conservadoras. La suba del riesgo país y la persistente compra de dólares para ahorro son ejemplos de las consecuencias de un clima de elevada incertidumbre política. La principal consecuencia es que se restringen la capacidad de crecimiento de la economía.
Así se genera un círculo vicioso que se retroalimenta con mucha intensidad: la incertidumbre electoral induce decisiones que conspiran contra el crecimiento; el bajo crecimiento deteriora el humor social; y una población insatisfecha aumenta, a su vez, la incertidumbre política.
En el humor social inciden positivamente logros importantes derivados del ordenamiento macroeconómico basado en el equilibrio fiscal. El más valorado es la sensible baja de la inflación pero se suman otros muy relevantes; como la fuerte expansión de las exportaciones que genera tranquilidad en el sector externo.
Pero, en sentido contrario, opera el modesto y dispar crecimiento de la producción. Esta dinámica, combinada con un tan intenso como necesario proceso de reconversión, agrava el crónico deterioro del mercado de trabajo. La insatisfacción con el empleo y las remuneraciones son los principales factores que condicionan el humor de la población.
A un año de las elecciones no es conducente intentar reducir la incertidumbre a partir de pronósticos sobre el posible comportamiento del electorado. Donde sí existen márgenes de acción es en generar condiciones para que mejore el humor social. Una estrategia orientada a darle más dinamismo a la producción, el empleo y los salarios es la vía más eficaz para mejorar el humor social y de esa manera reducir la incertidumbre. En otras palabras, transformar el círculo vicioso, en un círculo virtuoso.
¿Cómo mejorar el humor de la gente?
Los instrumentos disponibles no abundan, pero existen márgenes para impulsar un mayor dinamismo de la producción y un mejor desempeño del mercado de trabajo. Cuanto más claros y perceptibles sean para la población los efectos positivos del cambio de rumbo económico sobre su bienestar, menores serán las tensiones que genera la incertidumbre política.
El instrumento con impactos más inmediatos es una adecuación de la política monetaria que permita moderar tanto el nivel como la variabilidad de la tasa de interés. Una política menos estricta podría contribuir a estimular el consumo y la inversión. El contraste entre la fuerte recuperación de la producción durante buena parte de 2024 y el comportamiento más aletargado del crédito al sector privado observado desde los cambios introducidos en la política monetaria a comienzos de 2025 ilustra la relevancia del tema.
El otro factor clave es profundizar la gestión política y dotarla de mayor sentido estratégico, de manera de no perder ritmo en el proceso de reformas estructurales. Un ejemplo ilustrativo es el problema de la mora en los créditos de las familias. Como se plantea en el PAL 126, una gestión política más estratégica permitiría no solo neutralizar propuestas de la oposición que dañan la seguridad jurídica, sino también transformar el abordaje de un problema coyuntural en una oportunidad para instalar en la agenda una cuestión estructural: los enormes daños que generan los impuestos que gravan el crédito.
Varias provincias redujeron la carga tributaria sobre los créditos surgidos de refinanciaciones de deudas en mora, con el objetivo de facilitar acuerdos voluntarios entre acreedores y deudores. Este antecedente podría servir de base para una iniciativa nacional que, además de brindar una respuesta más potente al problema coyuntural de la mora, constituya un primer paso para enfrentar un problema más general y relevante: el subdesarrollo del crédito.
En concreto, podría establecerse desde una ley nacional la eliminación del IVA que grava los créditos, condicionada a que las provincias hagan lo mismo con Ingresos Brutos y Sellos, y los municipios con las tasas que gravan la intermediación financiera. Si se aplicara inicialmente a los créditos surgidos de refinanciaciones de deudas en mora, el costo fiscal para la Nación sería irrelevante, ya que esas deudas, mientras permanecen en mora, no generan recaudación. Además, aproximadamente tres cuartos de la recaudación que generan los tributos sobre los créditos son apropiados por los gobiernos locales ya que la Nación recibe solo una parte del IVA, mientras que el resto corresponde a provincias y municipios.
La respuesta puntual para el problema de la mora podría ser el primer paso para resolver un problema estructural extremadamente importante. Arrancando con los créditos derivados de la refinanciación de las deudas en moras, posteriormente se puede avanzar gradualmente con el resto. El ritmo debería ser determinado por la expansión del crédito (sobre el cual hay un amplio margen para el crecimiento), de manera de no afectar el equilibrio fiscal. Una estrategia planteada en estos términos permitirá dar una señal de que se da respuesta a un problema de enorme relevancia.
Recalibrar instrumentos
Mantener la incertidumbre y permitir que aumente a medida que se acercan las elecciones lleva a exigir a la población un esfuerzo mayor al necesario y, al mismo tiempo, eleva los riesgos de una eventual reversión del ordenamiento macroeconómico. Por el contrario, desplegando pericia política para desenvolverse en las complejidades del Congreso y una política monetaria más sensible al objetivo de dinamizar el crédito son dos instrumentos que pueden contribuir a mejorar el desempeño de la economía y, en consecuencia, el humor social. Esta es la manera eficaz de reducir la incertidumbre.
No se trata de cambiar el rumbo sino, por el contrario, de preservarlo. En particular sostener sus pilares: el equilibrio fiscal, la integración al mundo, la desregulación y las reformas. Pero calibrando mejor los instrumentos es posible lograr que para la mayoría de la gente sea más perceptibles los beneficios que genera el nuevo rumbo económico.
El cambio más importante pasa por prestar mayor atención a la producción y al empleo de calidad, incluso si eso supone moderar las aspiraciones respecto de la velocidad del proceso de desinflación.
El instrumento central para avanzar en esa dirección son los ajustes en la política monetaria. Ya se dieron algunos pasos, como la flexibilización de los créditos en dólares y la utilización del FGS para expandir los créditos hipotecarios. Pero, para lograr una incidencia más intensa sobre la producción y el empleo, hace falta un replanteo más general.
Si a ello se suma una mejor gestión política para dinamizar las reformas, estarán dadas las condiciones para que la población perciba de manera más clara e inmediata los beneficios del cambio de rumbo.
El desafío es llegar a las elecciones no solo pidiendo paciencia, sino mostrando resultados concretos y palpables que permitan sostener la idea de que perseverar en este rumbo económico es el camino para sacar a la Argentina de su larga decadencia.



